El diario El Mundo, en su edición impresa de Sevilla del pasado 24 de febrero, publicaba una entrevista al Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina. Una de las preguntas que le hicieron fue la siguiente:
Pregunta: ¿ Le preocupa que la Catedral pueda perder su condición de Patrimonio de la Humanidad por el rascacielos de la Cartuja ?
Respuesta: La Catedral de Sevilla no necesita ser reconocida por nadie, se explica a si misma por su envergadura, con su hermosura, con su buen estado de conservación. No sé si la condición de Patrimonio de la Humanidad trae alguna ventaja. No lo sé. Pero a mi también me gustaría que brillara, por ejemplo, por esa torre. A mi no me molesta el rascacielos, ni me hace daño. Es un signo de modernidad, como son los de Madrid, y creo que es compatible con la condición de Patrimonio de la Humanidad de la Catedral.
Como se ve, una respuesta ejemplar. Una respuesta que bien podría/tendría que dar el alcalde de nuestra ciudad, Juan Ignacio Zoido, pero que, por falta de valentía, nunca se ha atrevido a dar, bajándose los pantalones (entiéndase esta expresión castiza) ante la UNESCO, ante ICOMOS y ante varios personajes de nuestra ciudad que se creen con el derecho de dirigir cualquier actuación en Sevilla que a ellos no les guste, solo por el mero hecho del gusto estético (y para gustos, colores), argumento poco técnico y poco objetivo para parar una obra de tal envergadura.